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Un viaje al pasado de la mano de Correos

03-01-2016 - Cesar Martin

Resumen: Cuando uno entra en una oficina de correos lo primero que tiene que hacer es ajustar su reloj al año 1960 o 1970 para no pensar que las cosas funcionan mal. Tan solo funcionan como hace 30 o 40 años.

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Hoy es un sábado cualquiera. Vamos a la oficina central de Correos en Madrid, en la plaza de Cibeles. Lo digo para que nadie piense que esto ocurre en una oficina perdida en los Pirineos. Llegamos y ajustamos la hora y las expectativas de resolver cualquier cosa en un plazo razonable.

Cogemos nuestro número y nos dirigimos a la ventanilla correspondiente. Llevo 4 bultos. No grandes pero lo suficientemente grandes para no entrar en un sobre estándar. La persona que me atiende ya empieza a resoplar. Uno va para Londres y los otros van para Canadá.

Para estimar el tamaño de la caja que puede contener los paquetes, hacemos varias pruebas y al final encontramos una caja pequeña para el paquete pequeño y una caja grande para los otros tres. La caja pequeña, la persona que me atendía ha tenido que comprársela a un compañero porque ella no tenía. Supongo que son estas cosas que se imponen en el Siglo XIX de la contabilidad interna.

Ya tenemos las cajas.

Ahora toca rellenar los datos del remitente y destinatario. Hay que hacerlo por duplicado por supuesto y en dos formatos diferentes. Uno que está muy estructurado en un formulario en dos idiomas resulta que no es el que se usa para el paquete. Para el paquete se rellena un formulario sin formato donde toda la información va escrita a mano. Uno piensa en el futuro y se imagina un correos donde se pudieran introducir los datos de forma digital validando la dirección en el mismo momento de la introducción de la información, pero claro, estamos en 1970. De momento la información que introducimos por duplicado se supone que estará bien y se supone que llegará.

Para el paquete de Canadá, además de la información por duplicada, debemos rellenar otro pequeño formulario donde se indican los bultos, concepto, peso y valor. Le pregunto a la persona que me atiende si debo rellenarlo en inglés o en español (suponiendo que si va para adunas, las aduanas serán canadienses y lo podrán leer en inglés). Ante la duda, lo pongo en inglés.

Entre medias ha habido un momento en el que la persona que me atendía verificaba que tipo de productos no podemos enviar a Canadá. Comparte con su compañero y conmigo que a Canadá no se pueden enviar seres vivos ni granadas. "Claro, como vas a enviar un animal vivo por Correos".

Ya tenemos los paquetes, la información necesaria por duplicado sin validar y ahora nos toca pagar.

Como no tengo suelto, me pregunta la persona que me atiende si al menos le puedo pagar la caja que ella ha comprado a su compañero en efectivo. Supongo que pedirle a La Entidad Jurídica Correos que le devuelva el 1,34 euros de la caja será complejo. No tengo suelto. Les digo que hay un cajero en la propia oficina y que voy un momento a sacar dinero. Las dos personas que estaban atendiendo a los clientes no sabían que había un cajero en la oficina. Siempre se aprende algo nuevo, ¿verdad?

El cajero me cobra 1,5 de comisión. El refrán de habré hecho un pan con unas tortas viene a mi cabeza.

Vuelvo con el dinero en efectivo. Se lo entrego, hace el cálculo de todo en su ordenador y me da las vueltas.

Con esto hemos terminado. Salgo de la oficina y vuelvo a ajustar la hora de reloj al año 2016.

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